Nunca más como ese 2 de abril

El miedo es un gran organizador social. Pero hasta donde son capaces de engañarnos. O hasta donde somos capaces de dejarnos engañar cuando nos tapan los ojos con una bandera. Cuando te tatúan el patriotismo y el nacionalismo como única salvación entre medio de las cejas. Esa fiebre patriótica que provocó el desborde de una plaza y más de media sociedad para festejar la palabra de un dictador. Esa misma sociedad que parecía anestesiada, como si estuviese bajo los efectos del alcohol. El mismo alcohol que consumía Galtieri, que tomaba decisiones desde el sillón presidencial como si estuviera jugando a la batalla naval un domingo por la tarde con sus hijos en casa.

En un milagroso último manotazo, la gente avaló una guerra. Avaló la muerte a sangre fría de pibes con toda una vida por delante. Y va más allá de los muertos, eh. El que pudo volver quedó devastado psicológicamente e indiferenciado por un estado cuasi ausente.

Un gobierno que instalaba odio hacia los otros. Cerraba toda entidad inglesa hasta el punto de censurar su música en los medios. Cuando el rock nacional nació inspirándose en los Beatles y Stones. Bandas inglesas. Síntomas del nacionalismo y patriotismo. E hipocresía.

Un momento tan loco que Argentina disputaba un Mundial, como si nada pasara. Dándole el mote de venganza a través de un deporte. Otro síntoma del nacionalismo y patriotismo.

Esas Fuerzas Armadas que llevaron a Malvinas fueron las mismas que formaron un terrorismo de estado e hicieron lo que hicieron y como quisieron.

Hasta que punto nos pueden lavar la cabeza y somos incapaces de darnos cuenta. De comprar esas palabras. De la utopía de un gobierno de salvación nacional. Jugaron con el inconsciente colectivo. Nada podía salir bien. Y nada bien salió.

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