Estadio paternal

Hay quienes creen que un estadio es solo el escenario donde acontecerá un espectáculo deportivo. Pero no. Es mucho más. Es el color de las banderas flameantes en el viento, del ropaje de los protagonistas e hinchas correctamente combinados. Es el sonido de las trompetas y de los bombos acompañados por las voces de las miles de almas que cantan, gritan y lloran al unísono como el más perfecto coro. Es el verde y sagrado césped, terreno que verá correr sobre sí las ilusiones, las victorias y las derrotas puestas en un esférico balón. Es la tribuna, esa que inicialmente vistió de tablón, pero que luego se arropó de cemento, que siempre será testigo silencioso de la pasión del hincha en cada encuentro de domingo. El estadio es historia y como tal conserva cada gloria, cada grito de campeón, pero también cada desamor y el dolor de cada caída. Es el aire que envuelve de una extraordinaria sensación que solo lo siente quien asiste y que no se puede transmitir por televisión ni escuchar por radio.

El Libertadores de América es todo eso y mucho más. Este nuevo estadio tiene otra particularidad: encierra entre sus cuatro gargantas un historial triunfante frente a su máximo rival. Cada vez que Independiente le abrió sus puertas a Racing Club lo recibió de manera festiva, colorida y alegre y el final siempre fue el mismo. Fueron 6 veces: 7 partidos, 7 triunfos.

A este estadio no le importó estar a punto de caer a la segunda categoría del fútbol argentino, ni volver de la misma. Mucho menos le pesó tener enfrente al último campeón. Mostró superioridad frente a los escenarios adversos. Un tal “Chipi” Gandín supo castigar una mano inapropiada en el área que da a la tribuna Norte, en aquella primera visita académica. Báez protagonizó el segundo encuentro y el tercero Teo, con una roja, una pistola de juguete y un taxi. El “tolo” Gallego se quedó con el cuarto y Almirón con el quinto, tras un año sin duelos. Todavía queda en la retina del simpatizante rojo la imagen de, entre otras, Escudero festejar el gol de Penco, el golazo de “Pato” Rodríguez en el arco que da a las vías del ferrocarril Roca, al negro Caicedo armar la jugada para que Santana convierta…

Los dueños de cada triunfo son los protagonistas y, porque no, los hinchas. Los técnicos y jugadores junto a las miles de almas que se congregan a Bochini y Alsina. Pero algo de responsabilidad tiene el sagrado césped. Porque cada vez que las camisetas blanquicelestes lo pisan sienten que están en tierra ajena. Las piernas racinguistas tiemblan. Renace la paternidad. Porque cada vez que el diablo se viste de clásico en tierra propia se impone y le recuerda al mundo que Avellaneda es de Independiente.

Melina Ortiz

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Ex Monarquia Roja. Redactora ConEstiloRojo.

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